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Botas de caucho, capa impermeable, camisa de mangas largas, agua, soda, chocolatina y papas; esas son nuestras provisiones para una aventura que todo ser humano debería hacer por lo menos una vez en la vida: internarse en la selva amazónica.

A las 8 de la mañana nuestra aventura comienza en una calle de Leticia, Colombia, dónde nos recogen para ir hasta el kilómetro 5 de una vía asfaltada que se va adentrando en la selva. Allí, el guía abre un portón gigante que nos separa del sendero, el cual se hace cada vez más angosto y húmedo.

El guía se detiene, saca un cuchillo y raya en un árbol del cual emana un líquido blanco, lo toma con la punta de sus dedos y hace una pequeña bolita “Este es el árbol de caucho, cada cortada que ven en la corteza es una fuente de leche”.

Continuamos caminando, la luz directa empieza a escasear y ahora el suelo es pantanoso, el guía se detiene y recoge una ranita que estaba en el suelo, es más pequeña que la uña de su pulgar; su piel es lisa, brillante y de color rojo intenso, nos la muestra a todos y la deja de nuevo sobre una hoja en el piso.

El aire es denso, la humedad y el sudor mojan las camisas que ya están sucias. La vegetación es espesa y el color común es el verde en diferentes tonos; ese tapiz monocromático se rompe por el rojo de las heliconias silvestres, flores de unos 80 centímetros de altura que parecen colgar del aire.

Como de la nada, el camino nos lleva a un espacio abierto donde no hay árboles, algunos niños salen corriendo. En el suelo podemos ver las hojas de las piñas sembradas y los palos de mandioca, una yuca silvestre. El guía nos explica que esta es una chagra, lugar donde los indígenas cultivan su comida.

Seguimos caminando y nos encontramos una maloka, en su interior nos espera una decena de indígenas tikunas. Hay un silencio ceremonioso que se rompe con el sonido del tambor “Pom pom pom pom” los indígenas avanzan y retroceden al ritmo de la percusión en una danza sencilla de la que empiezan a hacer parte los forasteros, las cámaras no dejan de tomar fotos y grabar video.

El camino de regreso es otro, el guía nos indica que iremos por un tramo de selva aun más espesa, el camino se hace sobre troncos caídos, algunos incluso son huecos, como los de los cuentos infantiles. El guía corre, se agacha, quita unas hojas del piso y se ve un hueco. “Es una araña” dice, introduce el cuchillo en el hueco, con mucho cuidado lo extrae, en la punta viene la araña, él le pone su dedo índice en la cola y se levanta con cuidado. La araña está furiosa, levanta sus patas delanteras y nos muestra sus colmillos. El guía la deja de nuevo y seguimos.

A las 4 de la tarde salimos a la vía asfaltada, las misma que nos regresará a la ciudad donde no hay verdes intensos ni heliconias colgando del aire.